domingo, abril 15, 2007

Historia de un taxista (en 4 minutos)

El jueves a la mañana salí tarde de casa. Seis minutos antes del horario en el que tenía que estar en la oficina.
Mi otro yo me decía: ¡No podés llegar tardeeeee!
¿Qué hago? Paro un taxi en la esquina de la avenida y listo - le dije yo, mientras caminábamos (mi otro yo y yo) rumbo a la avenida. Pero, al llegar a la bendita esquina, ví que una pareja estaba esperando lo mismo que yo: un bendito taxi.
Aparece uno. La pareja - tal como lo imaginé - se avalanza sobre el auto. Pero, antes de abrir la puerta para subir, se arrepienten y retroceden.
Miro el auto. Precioso, brillante, impecable. Parecía una 4 x 4 de grande. Miro al chófer. Raro, rarísimo. ¡Con razón no se subieron estos!, pienso. Miro a la pareja. Ellos me miran. Parecían decirme con los ojos: ¡Cuidado: no subas! Vuelvo a mirar al chófer: muy extraño. Ganas de subir no daba su presencia. Altísimo y larguirucho, aspecto hippie, agachado con su cabellera casi toda volcada sobre el volante, su cabello negro y ondeado largo hasta la cintura. Con anteojitos, estilo John Lennon, leía el diario como si aquellas letras impresas fueran todo lo que le importaba en este mundo. No era un simple taxista a la pesca de un pasajero. Ni me vio ni vio a la pareja. Miré las agujas del reloj. El tiempo no perdona. Pensé que llegaría tarde si no lo tomaba así que presté atención al número de la patente que llevaba grabada en el vidrio de atrás. Subí. En silencio, seguí repitiendo el número varias veces hasta memorizarlo. Si me pasa algo - pensé - si me mata, si me asalta, si... me voy a acordar del número de patente. Arrancamos. Ví que el hombre estaba fumando. Pero, hasta su manera de fumar y de sostener el cigarrillo entre los dedos era diferente. Le voy a hablar de algo, pensé, para ver si está dormido o despierto porque, con tanto pelo, apenas si se le veían los ojos. Le pregunté por el tiempo, si iba a llover o no. Me contestó que no sabía porque venía, desde el centro, entretenido conversando con unos pasajeros sobre temas muy profundos y que no escuchó nada de radio. Me alegré. Por lo menos, estaba despierto. Pero noté que su acento no era argentino. Seguimos viaje. Intercambiamos un par de palabras más y, todos sus movimientos seguían siendo poco convencionales. No era un taxista del montón. Además, manejaba con toda la parsimonia del mundo, como si los minutos no corrieran en las agujas del reloj inexistente en su muñeca. Y yo ¡super apuradísima! que a ese paso ¡no llegaba! En determinado momento, a cuatro cuadras de donde yo iba, detuvo el auto en seco y a mí casi me paralizó el corazón. Sólo atiné a decirle: Pero, mire que yo sigo ¿eh?.
Sí, sí, pero nos vamos a parar un momento porque tengo la puerta de atrás mal cerrada y la voy a cerrar bien.
Me avisó "no se quién"
-respondió. No entendí porque hablaba bajito y pausado. Era el monumento a la serenidad. ¡Y mis nervios a flor de piel! Acomodó su puerta sin prisas, la volvió a cerrar, volvió a subir al auto y arrancó.

Me atreví. No me podía quedar con la intriga. Junté valor y:

Yo (tratando de que mi voz sonara despreocupada): ¿De dónde sos? Porque argentino no sos. Lo digo por el acento... ¿Sos portugués?

El: ¿Eh? ¿Portugués yo? No.

Yo (sintiéndome una idiota): Ah... por la tonada se me ocurrió Portugal. ¿Sos brasilero?

El: No.

Yo: Bueno... no tiene importancia.

Silencio interminable.

El: Naci en Egipto. Pero, todavía no conozco.

Yo: ¿En Egiptoooo?

El: Sí. Cerca del Nilo.

Yo: ¿Y no lo conocés?

El: Todavía. Pienso ir a vivir allá uno de estos días.

Yo: ¿Cómo uno de estos días?

El: Sí. Cuando me parezca bien, saco pasaje y me voy.

Yo: Te entiendo; yo no conozco. Jamás estuve pero los que conocen dice que Egipto es una belleza. Me imagino que sí. Si un día tuviera mucho dinero, es un país que encantaría conocer. Debe tener una historia impresionante. El Nilo, las pirámides... sí, me gustaría verlas.



Detuvo el auto porque llegamos a destino. Apagó el reloj del taxi y le pagué, mientras abrí la puerta para bajar y seguimos hablando.

El: Es cierto. Yo viví la mayor parte del tiempo en Israel. Después otro tiempo en Nueva York. Estuve en algunos otros países por temporadas. Ahora estoy aquí.

Yo: Y si viviste en Israel tanto tiempo y en Estados Unidos. ¿Qué hacés viviendo acá?

El: Me intención es recorrer el mundo. Conocer todos los países que pueda.No tengo compromisos con nadie en ningún país. No tengo apuros. Eso me permite ser libre. Estoy un tiempo hasta que me dan ganas de conocer un lugar nuevo.

Yo: ¡Qué lindo! Y hacés diferentes trabajos, vas cambiando de tareas, no te aburrís con la rutina...

El: ¡Ah, sí! Soy libre. Además, ¿sabes? yo pienso que el día que muera no voy a llevar nada conmigo. Sólo me iré con lo que conocí, con lo que viví. Por eso quise recorrer el mundo. No conozco Egipto. Por eso me voy a ir a vivir allá, para conocer el lugar dónde nací.

Me dio las monedas del vuelto. Sacó de la guantera una tarjeta de estas de los radiotaxis y me la entregó.

El: Toma. Puedes llamar a la flota cuando necesites un viaje. Si le dices que te la dio el egipcio ya se van a dar cuenta porque soy el único.

Yo: Bueno ¡gracias y suerte!

El: Te llamas Rosa Roja ¿no?

Yo: ¿Quéeeeeee? (Me quedé helada porque acertó mi nombre) ¿Y eso cómo lo sabéeees? No tengo ningún cartel.

El: Pero te llamas así.

Yo: Sí... sí... Estoy asombrada.

El: ¡Ah! Haces bien en llevar el anillo de Atlante en tu dedo índice. Te va a ayudar con tus problemas intestinales y de columna.



Llevo un anillo de Atlante en el dedo índice de mi mano derecha. Pero el anillo no dice mi nombre ni ningún otro nombre, no tiene ninguna inscripción ni relata mis dolencias.

Yo: Gracias.

El: Si alguna vez llamas a la flota, quizás tienes más tiempo y podamos conversar con mayor profundidad.

Yo: Sí, quien sabe, las vueltas de la vida, nos volvemos a encontrar. ¡Adiós!

El: Que el día de hoy te llene de luz.

Me bajé. Llegué a la oficina un minuto tarde pero valió la pena.

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jueves, octubre 05, 2006

El descanso imprescindible 2: entre Gualeguaychú y Fray Bentos

Uruguay me encanta. Desde que fui a Montevideo por primera vez, hace algunos años, siempre elegí Uruguay. También estuve en Colonia, por supuesto. Colonia me gustó, claro, pero sólo para pasar un día, no más. En cambio, en Montevideo, me quedaría varios días si pudiera.
Pensaba en esto mientras almorzaba en el "Dacal" de Gualeguaychú. Desde la ventana de mi mesa en el restaurante, veía el puente. El mozo me dijo que era el puente que comunicaba Gualeguaychú con Fray Bentos. Le pregunté las distancias y me dijo que eran treinta kilómetros. Uruguay, pensé, y me dieron ganas de ir. Y fui. Ni siquiera me acordaba que existía el problema de las papeleras. Estaban los carteles por todas partes, pero yo estaba "como en otro mundo" No sabía que el puente binacional se llama "Puente Libertador General San Martín". Suena a libertad. Sentí esa libertad cuando tuve que hacer los trámites en la aduana, en el paso fronterizo, me sentí más libre. De reojo miré el Free Shop. A la vuelta, pensé, a la vuelta me detengo a comprar algo o a mirar. Seguí. Vi los carteles en el camino que decían: "A Fray Bentos / A Mercedes". Al leer "Mercedes", ese pequeño pueblo que aún no conozco, muchos recuerdos vinieron a mi mente, muchas vivencias, muchas horas de conversación referidas a ese pueblo. No importa, cerré los ojos hasta llegar a Fray Bentos, a las calles del centro de la ciudad. Recorrí hoteles pero no tuve demasiado éxito: algunos eran muy caros para mi bolsillo y en otros me respondieron que sólo hospedaban a trabajadores del "proyecto Botnia". No sabía ni siquiera qué era. Ya se: no tengo perdón por semejante desinformación, pero la verdad es que no sabía de qué me hablaban. Terminé quedándome en el primer hotel que vi, al llegar, en el centro, justo frente a la plaza: El Plaza Hotel, en 18 de Julio y 25 de Mayo. Recordé la 18 de Julio en Montevideo pero olvidé. Salí a cenar y terminé en un bar cercano. Ni bien entré me hicieron apagar el cigarrillo que llevaba encendido:
- Está prohibido fumar. - sentenció el mozo, mirándome como si yo fuese marciana.
Me indigné. Salí del bar-pizzería y caminé un par de cuadras buscando algún otro café, bar, restaurante donde poder sentarme como Dios manda para cenar y fumar. Descubrí que no se podía fumar en ninguno así que regresé al primero y comí una hamburguesa. Me sentía enojada. Esto de que estuviese prohibido fumar en los lugares públicos no me gustó nada. Para salir de dudas y corroborar que fuera cierto, le pregunté a dos hombres que estaban sentados en la mesa detrás de la mía. Los dos hombres me confirmaron que era verdad, que en ningún lugar de Uruguay se podía fumar, que era la ley. Pensé que LA LEY era injusta y anhelé estar, en ese instante, en Buenos Aires para sentarme en cualquier bar, café, pizzería, restaurante a comer, beber y fumar libremente. ¡Ilusa de mí! que desconocía que, en pocos días más, la misma LEY llegaría a mi país, a mi ciudad... Ilusa de mí que desconocía que ya no podría volver a sentarme en un café a fumar tranquila como siempre. Pedí cerveza y esperaba encontrar una Pilsen, una Patricia, una Norteña. Nada de eso.
- Tengo Budwaisser - me dijo el mozo.
Acepté. Una Budwaisser y una hamburguesa y cené rápido y me fui directo al hotel.
Al llegar al hotel, descubrí que dentro del hotel funcionaba el Casino de Fray Bentos. Tampoco lo sabía. Dentro del hotel no se podía fumar, como era previsible a estas alturas. Sólo había un cenicero gigante - de esos cuadrados, altos y llenos de arena - en la entrada, justo delante de la puerta del hotel y delante de la puerta del Casino, a la izquierda. Había una mujer fumando al mismo tiempo que yo. Ella se sentía peor porque estaba dentro del Casino y tuvo que abandonar su lugar ahí para salir afuera a fumar. Conversamos sobre este tema, sobre la prohibición de fumar, sobre la discriminación o no, sobre la aceptación o no, en fin, la ley es la ley, aunque a los fumadores nos cueste aceptarla, en este caso. Menos mal que dentro de la habitación sí se podía fumar. Aproveché a fumar del cartón de Nevada uruguayos que había comprado en un quiosco.
Estaba agotada. Por el viaje, por la cantidad de trabajo que había desestabilizado mi tranquilidad, por los cigarrillos prohibidos, por tantas cosas más... A las 22 hs. me fui a dormir, o antes. La primera vez en años que me voy a la cama tan temprano. Me hacía mucha falta. Lo aproveché.
A la mañana siguiente, me desperté temprano y bajé a desayunar en la planta baja del hotel. Me tomé mi tiempo para desayunar sin apuros. Café, jugo de naranjas exprimido, mermelada, la sabrosa manteca Conaprole. Me levanté de la mesa para hacerme dos tostadas. Al acercarme a l a la tostadora, descubrí que no sabía cómo hacerla funcionar. Vi a un rubio bien rubio, parado a mi lado, que estaba eligiendo su mermelada.
- Disculpame, ¿me podrías decir cómo funciona este aparato?
- Sorry. I don't speak spanish. I'm sorry. - me respondió el joven con un movimiento de cabeza.
Así que comenzamos a hablar en inglés. Le volví a preguntar por la tostadora y me enseñó a usarla. El tampoco sabía pero hicimos un curso acelerado y las tostadas quedaron muy bien. Le pregunté de dónde era y qué hacía en Uruguay, si estaba de paseo. Me explicó que era finlandés y que había ido a Fray Bentos a trabajar en el "Botnia Proyect", eso me dijo. Pensé si el muchacho me estaría hablando de la última película de Julia Roberts y yo sin haberme enterado que la habían filmado. Recordé que había visto en la tele "El informe pelícano", pero intuí que este hombre me estaba hablando de otra cosa bien distinta. Le pregunté. Me dijo que era ingeniero y que era uno de los encargados de supervisar todo lo que sucedía con el proyecto, que tenía mucho trabajo con este asunto de las papeleras y que la firma Botnia era un grupo finlandés.
Regresé a mi mesa. No tenía ganas de hablar de trabajo y tampoco de escuchar hablar a otros de trabajo. Estaba allí para descansar, para relajarme. Desayuné en tranquilidad. El hombre me saludó cuando se levantó de su mesa, antes de subir la escalera.
Salí a la calle. Salí a pasear. Necesitaba tomar aire y caminar. Conocer la ciudad. Recorrerla.

Tomé el camino que me indicaron.



Bajé hasta la Rambla y llegué a un anfiteatro precioso. Me detuve a observarlo.





El disparador de mi cámara no tuvo descanso. Seguí caminando hasta dar, sin querer, con una casita preciosa de artesanías.



Allí sólo compré un cuadrito chico de madera con la siguiente leyenda y la foto de una paloma roja abajo:

"Los espejos se emplean para verse la cara.

El arte para verse el alma".



Di la vuelta, por la misma rambla, yendo en dirección al puerto. Pero, me detuve otra vez en el anfiteatro para observar de cerca el monumento a Fray Bentos.



Buscando un lugar lindo para almorzar llegué al puerto. Le pregunté a alguien en la calle y me recomendó El Club de Pescadores.



Allí, antes de entrar, pregunté si tenían cerveza Pilsen y chivitos uruguayos. El mozo, sumamente amable, me dijo que sí y me acompaño a una mesa en una excelente ubicación. ¡Aleluya! Por fin pude comer mi chivito uruguayo y beber un par de Pilsen. Por otra parte, la vista panorámica era una caricia para los ojos, un remanso para el alma. Sin dudarlo, almorcé allí mientras disfrutaba de lo que tenía frente a mí. Sentí que la naturaleza me correspondía.



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martes, septiembre 05, 2006

El descanso imprescindible 1: entre Gualeguaychú y Fray Bentos

Todavía no lo puedo creer ni siquiera yo. Terminé una gran parte del cúmulo de trabajo. Al menos, terminé lo que era prioritario, lo que tenía una fecha puntual porque era para la oficina y tenía que respetar los tiempos de entrega. Ahora, me queda pendiente la traducción del libro “del Diego”, pero eso es más elástico, más manejable. Como lo hago de forma particular y es para un amigo periodista, lo voy haciendo en los ratos libres. ¿Ratos libres? No tengo. Pero, me las ingenio en las noches, en las madrugadas y voy avanzando, de a poco, muy lentamente, pero algo es mejor que nada, en este caso. Una página es una página. Ya hice la introducción y el primer capítulo. Son diecisiete capítulos en total. Por algo se comienza.
Pero, este fin de semana me olvidé del mundo. Me despejé de tal forma que hasta me olvidé de que trabajo. Increíble pero real.
El sábado 2, me levanté muy temprano por la mañana y, tras un simple café a modo de desayuno, salí rumbo a Gualeguaychú. Casi me quedo sin ir porque el viernes a la tarde/noche llovió a cántaros y a primer hora del sábado todavía estaba nublado, y dudé. Pero, me decidí. Y ¡qué suerte que me decidí! Y emprendí viaje. El viaje imprescindible para sacudirme el estrés de las espaldas, la contractura de las cervicales, el agotamiento de la mente. Mientras iba por la ruta, miraba el camino hacia delante, todo libre, despejado, un mundo abierto hacia delante y hacia los costados el verde, a ambos lados de aquella ruta. Verde, verde, más verde ante mis ojos. Salió el sol. La mañana de sábado se tornó preciosa. Radiante. Me puse los anteojos de sol. Hacía calor. El sol de frente me daba en el rostro. En tres horas estaba allí: Gualeguaychú, Entre Ríos. A doscientos treinta kilómetros de Buenos Aires, a treinta kilómetros de la frontera uruguaya. Viví un mundo de sensaciones mientras viajaba. Parecía que la tierra, el aire, el sol, el verde, el cielo y el camino me pertenecían. Escuchaba música.
Llegué a destino. Justo para la hora del almuerzo. Me detuve en un restaurante para almorzar. Pregunté a dos hombres. Ambos coincidieron en el mismo sitio para ir a almorzar: un restaurante llamado “Dacal” en la Costanera. Me dije que si dos personas diferentes aconsejaban el mismo lugar, lo más conveniente y sin conocer el pueblo sería ir allí. No me arrepentí. Pedí un asado y un Valmont tinto, agua con gas, un budín de pan. Me distendí, no me quedan dudas. Ignoraba de dónde provenía el significado de la palabra “Gualeguaychú”. Parece que su nombre proviene de la expresión guaraní "yaguar guazú" que significa río del yaguar grande o probablemente de la palabra del mismo idioma "yaguarí guazú", gran nutria gigante. Después de almorzar, caminé por la Costanera y, en la esquina siguiente, encontré una hermosa heladería. La más grande del pueblo, me dijo alguien. Hacía calor así que me detuve y compré un helado. También entré al Casino, sólo por el hecho de conocerlo. Es la primera vez que voy para allí. No conocía nada. El pueblo vale poco, el centro, quiero decir, la plaza principal, la Catedral de San José y no demasiado más para ver. Las calles de alrededor me parecieron tristes. Tenía un dolor de cabeza impresionante. Un Tafirol que llevaba en la cartera me ayudó. Entré a la Catedral: una obra maestra inaugurada en 1863. Disfruté mirándola y recorriéndola por dentro. Disfruté de su arquitectura. Está construida en forma de navío. Fue agradable entrar, recorrerla, observar sus techos, sus detalles, su construcción. Un hombre tirado en las escaleras me pidió monedas; parece que en todas partes es igual, la gente que tiene que vivir mendigando. Recorrí la Costanera y entré a una feria artesanal. Cinco puestos en total. Parecía mentira pero así están los artesanos allá. Conversé con una mujer que atendía uno de los puestos. Le faltaban los dientes, le faltaban muchas cosas y le sobraban hijos: 8 en total, me dijo. Ciudad antigua, Gualeguaychú. Poco más para ver de interés. Poco más para recorrer. Llegué hasta el puerto. El resto sentí que no merecía la pena. No saqué fotos, no me llamó la atención. (Me estoy durmiendo, es entrada la madrugada y me estoy durmiendo. Las letras bailan. Continuará...).

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sábado, marzo 25, 2006

En Córdoba a fines de marzo

Otra vez en Córdoba a fines de marzo. Esta vez no de vacaciones, no en Capilla sino en Córdoba Capital, bueno a una distancia cercana a la capital, reencontrándome con Gloria. Una vez más. Una nueva vez. Un nuevo punto de partida, parece que no de final. Respirando aire puro, el aire seco que tanto me gusta.
Contemplando el sol/sombra porque ahora está nublado y no hace el sol que me gustaría estar tomando para continuar el bronceado que conseguí en Capilla. El aire entrando por la ventana del lugar donde estoy. Hablando con Gloria. Dialogando las dos. De bueyes perdidos. De temas más serios. Con lejanía, con proximidad. Sin saber adonde nos conduce todo esto. Un poco la sorpresa, otro poco lo esperado. La espera de lo que será.

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sábado, marzo 18, 2006

Capilla del Monte atrás

Sinceramente, no esperaba tantos mensajes que hablaran de espiritualidad, calma, meditación y paz mental-corporal. Me alegra. Me alegra porque fui a Capilla buscando un poco de todo eso, fui para intentar "descubrir" todo aquello que no se ve a ojos vista, todo aquello que está allí latiendo para ser descubierto. Resulta interesante porque cualquier tema asociado a lo espiritual es casi considerado tema tabú, lamenteblemente. Ahora estoy leyendo un libro nuevo: Tierra de Barbara Marciniak. Es una autora americana que habla de "Los Mensajeros del Alba" (otro de sus libros, un betseller), es decir los extraterrestres, los ovnis y yo no creo en ellos, es curioso pero no. Sí creo en el aspecto espiritual, en el interior de los humanos, en aquello que no se ve pero sin embargo está en cada uno de nosotros sin ninguna necesidad de pensar en seres de otro planeta.
A Capilla fui con mi mamá. Fue la primera vez en la vida que salí de vacaciones con ella sola. Fue una semana pero creo que valió la pena. Ella no conocía Córdoba, nunca había ido; además le hacía mucha falta descansar, tomar aire puro, sol y desconectarse del mundo. Igual que a mí. Fue toda una experiencia, algo nuevo y nos hizo bien a las dos. Las dos solas por primera vez. A mí me hacían falta estas mini vacaciones, tomar otros aires también, estar al lado de una persona de confianza como, en este caso, fue mi madre y olvidarme del mundo. Sí que me acordaba de Gloria. estando allá y sí que la llamé. Como no tiene teléfono la llamé a lo de su vecino el farmacéutico y él le pasó mi mensaje. No la veía ni estaba con ella desde noviembre de 2004; esa fue la última vez que viajé y estuve en su casa, la última vez que compartimos nuestros días juntas, su casa juntas, sus pollos y gallinas juntas, su sol juntas. Después vino el deterioro, el malentendido, la falta de dinero también, la distancia. No la había vuelto a ver. La llamé, sí, un par de veces y le dejé el mensaje a su vecino: que estaría en Córdoba capital aquel sábado a tal hora. Y estuve, estuvimos con mi mamá. En el café de la estación, a las siete de aquel sábado de últimos de febrero. Y sin saber nada de Gloria porque no pude hablar con ella por teléfono. La zozobra, la espera, creí que no iba a ir. Pero fue. Se sorprendió mucho al vernos (a mi mamá y a mí) porque yo siempre fui sola y nunca en una circunstancia así. Llegó unos minutos tarde. Pidió disculpas, nerviosa, pero fue. Estaba muy linda. No es linda, no lo es pero lo estaba. Estaba bien vestida dentro de lo que puede, tenía una linda remera azul. Se había puesto un hermoso colgante de plata. El colgante parecía una flor. Una flor azul. Sorprendida en la mesa, delante nuestro, las tres sentadas tomando una cerveza, dos o tres, preguntó si nos íbamos o si veníamos. No sabía. Hablamos bastante; también hablamos solas cuando mi vieja se fue a mirar vidrieras en la estación. O la convencí de que se fuera a dar una vuelta.

Me gustás. Todavía me seguís gustando como antes. - me dijo.

Suerte, pensé. Lindo, pensé. Me/nos acompañó al micro. Deslizó un papelito en mi bolsillo que dice:

No te olvides que te quiero.

Me preguntó cuándo iría. Yo le dije que iría. Me dijo que le gustaría hablar mucho conmigo. Le dije que sí. Le dije que iría el próximo fin de semana. Dijo que sí. Me contó que "le regalaron" un celular, no se quien. Que se le había ahogado en un bolso con un yoghurt. Me llamó el lunes. Yo estaba trabajando y la llamé después. Me dio el número. Me dijo que hasta el 18 más o menos iba a estar muy ocupada. Quehaceres políticos que tiene ella. No yo, la política no me interesa, bueno , no al punto de militar. A ella sí: que estaría estos dos fines de semana con mucha tarea, que sería mejor después. Dije que sí, que mejor, con más dinero.
Hoy es 18, fecha clave para Carmen. Antes lo era, al menos, ahora ya no se. Pero pensé en Carmen, hoy pensé. Toda esta semana estuve pensando en ella por las tardes. Pensaba que ya es más que hora y que tengo que verla.

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domingo, febrero 26, 2006

La Rosa Roja regresa


Regreso. Palabra que tintinea en el aire y que implica varias cosas diferentes. Implica, por un lado, mi regreso a este blog: un recomienzo. Implica, por otra parte, un regreso del fascinante viaje que hice a Capilla del Monte (Córdoba). Implica, por último, el breve encuentro con Gloria: el reencuentro. Pero, por sobretodo, lo más importante: implica el reencuentro conmigo, con mi ser interior. Una búsqueda y un encuentro. La mente abierta, serena, el cuerpo también y una infinita carga de energia positiva. Capilla "mi lugar en el mundo". Sí, así lo sentí, así lo viví y lo palpé en cada poro de mi ser, en cada átomo que me forma y me conforma. Paz: la palabra mágica. Espiritualidad: la llave de unidad con el cosmos.

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