lunes, abril 23, 2007

23 de Abril - Día de San Jorge

Esta imagen de San Jorge de Gaudi (en León) pertenece a Dujarandille


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domingo, abril 15, 2007

Historia de un taxista (en 4 minutos)

El jueves a la mañana salí tarde de casa. Seis minutos antes del horario en el que tenía que estar en la oficina.
Mi otro yo me decía: ¡No podés llegar tardeeeee!
¿Qué hago? Paro un taxi en la esquina de la avenida y listo - le dije yo, mientras caminábamos (mi otro yo y yo) rumbo a la avenida. Pero, al llegar a la bendita esquina, ví que una pareja estaba esperando lo mismo que yo: un bendito taxi.
Aparece uno. La pareja - tal como lo imaginé - se avalanza sobre el auto. Pero, antes de abrir la puerta para subir, se arrepienten y retroceden.
Miro el auto. Precioso, brillante, impecable. Parecía una 4 x 4 de grande. Miro al chófer. Raro, rarísimo. ¡Con razón no se subieron estos!, pienso. Miro a la pareja. Ellos me miran. Parecían decirme con los ojos: ¡Cuidado: no subas! Vuelvo a mirar al chófer: muy extraño. Ganas de subir no daba su presencia. Altísimo y larguirucho, aspecto hippie, agachado con su cabellera casi toda volcada sobre el volante, su cabello negro y ondeado largo hasta la cintura. Con anteojitos, estilo John Lennon, leía el diario como si aquellas letras impresas fueran todo lo que le importaba en este mundo. No era un simple taxista a la pesca de un pasajero. Ni me vio ni vio a la pareja. Miré las agujas del reloj. El tiempo no perdona. Pensé que llegaría tarde si no lo tomaba así que presté atención al número de la patente que llevaba grabada en el vidrio de atrás. Subí. En silencio, seguí repitiendo el número varias veces hasta memorizarlo. Si me pasa algo - pensé - si me mata, si me asalta, si... me voy a acordar del número de patente. Arrancamos. Ví que el hombre estaba fumando. Pero, hasta su manera de fumar y de sostener el cigarrillo entre los dedos era diferente. Le voy a hablar de algo, pensé, para ver si está dormido o despierto porque, con tanto pelo, apenas si se le veían los ojos. Le pregunté por el tiempo, si iba a llover o no. Me contestó que no sabía porque venía, desde el centro, entretenido conversando con unos pasajeros sobre temas muy profundos y que no escuchó nada de radio. Me alegré. Por lo menos, estaba despierto. Pero noté que su acento no era argentino. Seguimos viaje. Intercambiamos un par de palabras más y, todos sus movimientos seguían siendo poco convencionales. No era un taxista del montón. Además, manejaba con toda la parsimonia del mundo, como si los minutos no corrieran en las agujas del reloj inexistente en su muñeca. Y yo ¡super apuradísima! que a ese paso ¡no llegaba! En determinado momento, a cuatro cuadras de donde yo iba, detuvo el auto en seco y a mí casi me paralizó el corazón. Sólo atiné a decirle: Pero, mire que yo sigo ¿eh?.
Sí, sí, pero nos vamos a parar un momento porque tengo la puerta de atrás mal cerrada y la voy a cerrar bien.
Me avisó "no se quién"
-respondió. No entendí porque hablaba bajito y pausado. Era el monumento a la serenidad. ¡Y mis nervios a flor de piel! Acomodó su puerta sin prisas, la volvió a cerrar, volvió a subir al auto y arrancó.

Me atreví. No me podía quedar con la intriga. Junté valor y:

Yo (tratando de que mi voz sonara despreocupada): ¿De dónde sos? Porque argentino no sos. Lo digo por el acento... ¿Sos portugués?

El: ¿Eh? ¿Portugués yo? No.

Yo (sintiéndome una idiota): Ah... por la tonada se me ocurrió Portugal. ¿Sos brasilero?

El: No.

Yo: Bueno... no tiene importancia.

Silencio interminable.

El: Naci en Egipto. Pero, todavía no conozco.

Yo: ¿En Egiptoooo?

El: Sí. Cerca del Nilo.

Yo: ¿Y no lo conocés?

El: Todavía. Pienso ir a vivir allá uno de estos días.

Yo: ¿Cómo uno de estos días?

El: Sí. Cuando me parezca bien, saco pasaje y me voy.

Yo: Te entiendo; yo no conozco. Jamás estuve pero los que conocen dice que Egipto es una belleza. Me imagino que sí. Si un día tuviera mucho dinero, es un país que encantaría conocer. Debe tener una historia impresionante. El Nilo, las pirámides... sí, me gustaría verlas.



Detuvo el auto porque llegamos a destino. Apagó el reloj del taxi y le pagué, mientras abrí la puerta para bajar y seguimos hablando.

El: Es cierto. Yo viví la mayor parte del tiempo en Israel. Después otro tiempo en Nueva York. Estuve en algunos otros países por temporadas. Ahora estoy aquí.

Yo: Y si viviste en Israel tanto tiempo y en Estados Unidos. ¿Qué hacés viviendo acá?

El: Me intención es recorrer el mundo. Conocer todos los países que pueda.No tengo compromisos con nadie en ningún país. No tengo apuros. Eso me permite ser libre. Estoy un tiempo hasta que me dan ganas de conocer un lugar nuevo.

Yo: ¡Qué lindo! Y hacés diferentes trabajos, vas cambiando de tareas, no te aburrís con la rutina...

El: ¡Ah, sí! Soy libre. Además, ¿sabes? yo pienso que el día que muera no voy a llevar nada conmigo. Sólo me iré con lo que conocí, con lo que viví. Por eso quise recorrer el mundo. No conozco Egipto. Por eso me voy a ir a vivir allá, para conocer el lugar dónde nací.

Me dio las monedas del vuelto. Sacó de la guantera una tarjeta de estas de los radiotaxis y me la entregó.

El: Toma. Puedes llamar a la flota cuando necesites un viaje. Si le dices que te la dio el egipcio ya se van a dar cuenta porque soy el único.

Yo: Bueno ¡gracias y suerte!

El: Te llamas Rosa Roja ¿no?

Yo: ¿Quéeeeeee? (Me quedé helada porque acertó mi nombre) ¿Y eso cómo lo sabéeees? No tengo ningún cartel.

El: Pero te llamas así.

Yo: Sí... sí... Estoy asombrada.

El: ¡Ah! Haces bien en llevar el anillo de Atlante en tu dedo índice. Te va a ayudar con tus problemas intestinales y de columna.



Llevo un anillo de Atlante en el dedo índice de mi mano derecha. Pero el anillo no dice mi nombre ni ningún otro nombre, no tiene ninguna inscripción ni relata mis dolencias.

Yo: Gracias.

El: Si alguna vez llamas a la flota, quizás tienes más tiempo y podamos conversar con mayor profundidad.

Yo: Sí, quien sabe, las vueltas de la vida, nos volvemos a encontrar. ¡Adiós!

El: Que el día de hoy te llene de luz.

Me bajé. Llegué a la oficina un minuto tarde pero valió la pena.

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jueves, enero 25, 2007

Off Topic: NEXTEL O NO NEXTEL

Estoy harta de todas las compañías celulares famosas y conocidas (Movistar, Cti y Personal). Todas tienen dificultades: si no es en un aspecto es en otro. No encuentro ninguna que preste un servicio como Dios manda.

Una persona me recomendó Nextel y averigué. El servicio es caro pero si valiera la pena no dudaría en cambiarme, además tiene radio. El otro tema es que no tengo conocidos, amigos ni familiares que tengan Nextel. ¿Alguien lo tiene, lo conoce, lo probó? ¿Es difícil ingresar en el círculo de esa comunidad? ¿Vale la pena el cambio? Acepto sugerencias e ideas.

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lunes, enero 01, 2007

¡Me encantó!

Simple y sencillamente ME ENCANTO "lo que se va lo que se viene" que leí hace un rato en la bloga de Gabby y de todo lo que dice allí hubo algo que me llegó con profundidad y es:

Que la luz, la paz y la salud nos circunden, y
que aquello deseado venga y que lo olvidable se vaya.


Ojalá Dios la oiga y se cumpla este bellísimo deseo suyo para todos los seres humanos del mundo.

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domingo, diciembre 17, 2006

Desempolvando papeles

Revisando cajones, carpetas, papeles encontré este texto:

Recorriendo Buenos Aires

Mañana temprano en Buenos Aires, esta ciudad que conozco tanto, en la cual siempre sentí confianza. El primer café con medialunas de manteca o el primer mate tibicieto al despertar. Esa sensación de angustia alienante que me causaba el microcentro en el pasado. Tanto cemento, tantos autos, tanta gente, tanta prisa y tanto ruido: Buenos Aires obligado. Esa necesidad del verde de los árboles, de gente que camine sin correr, de cruzar las calles sin apretar el paso, de ver algún rostro conocido en el diario caminar. El barrio certero es Palermo: Buenos Aires elegido, mi calle angosta y silenciosa, sitio inmejorable para no sentirse encorsetado. La ciudad amanece con otros ojos, en trinos suaves de pájaros llamando a mi ventana.
Soy parte del paisaje: isla apacible en medio de un mar picado.
Taxis libres por las calles, por mi calle, sobre Av. Santa Fe o sobre cualquier otra calle. Los taxistas no leen los diarios, se informan con la gente, saltan con asombrosa facilidad de temas políticos a la selección de fútbol, miran más en dirección a los pasajeros que llevan detrás que a la calle que tienen delante, saludan a otros taxistas con una mano al tiempo que revuelven papeles con la otra. La ciudad no sería la misma sin ellos: inefables filósofos callejeros.
El porteño, en general, ha visto tanta miseria que ya no le choca ver por las noches al cartonero que avanza con su carrito y la pila de cartones de tres metros de altura en demostración de equilibrio. El que no vive la realidad argentina toca de oído como un instrumento desafinado.
Buenos Aires, especie de magneto, que se devora mis sentidos. Años '70 cuando aún se podía viajar en tren desde Once, Retiro o Constitución, de la estación al centro ir a pie. En los '80, caminar por Barracas a la hora en que brilla el sol más fuerte. En los '90 salir de un Musimundo en Lavalle e ir andando hasta el Obelisco. Ahora, ante la imágen de una nena de trece años dándole el pecho a su bebé en la boca de un subte, es difícil dar vuelta la cara.
Muchas visitas a los cafés céntricos, tomar algo en El Tortoni con sus paredes decoradas con fotos de antiguos famosos. El centro está más feo ahora de noche. Entrar a los shoppings o ver un espectáculo sobre la Av. Corrientes, recorrer librerías o casas de música, la alegría de tener estanterías completas dedicadas a Cortázar o a Borges, pasear por Belgrano y cenar en algún restaurante interesante en Puerto Madero, buena comida, excelente atención, magnífica vista pero caro. Vinerías sensacionales, verdaderos hallazgos.
Noche tarde y madrugada es Buenos Aires. Es maravilloso vivir tranquila en ella. Es hermosa y estoy prendada.

Buenos Aires, 24 de Julio de 2004

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miércoles, diciembre 13, 2006

¿Todo sexo?

Tengo muy poca confianza con el señor J.S. Poca y nada, digamos. Sólo lo vi dos veces por temas laborales. Hablamos varias veces por trabajo en la oficina, pero nada más. No recuerdo cómo fue que salió el tema de la escritura. Casi sin querer, al pasar. Yo le comenté que escribo; él también. Me llamó dos veces más por teléfono para decirme que había impreso su novela para que yo pudiera leerla, para que yo le diera mi opinión. El viernes a la mañana acepté. Nos encontramos veinte minutos en un café y me la entregó. Que la escribió el verano pasado en Villa Gesell, que la escribió en cuatro semanas. Que le interesa publicarla, que le interesa presentarse a los premios Clarín, que le interesa hacerla más larga. Que quiere mi opinión. Me vine a casa con su novela y la leí de un tirón. En una hora y media ya había terminado de leer. Ochenta páginas de corrido. Ochenta páginas leyendo descripciones de actos sexuales de Marylin. Marylin haciendo el amor con uno y con otro y con aquel de más allá y con otra y con otras también. Ochenta páginas de escenas sexuales. No soy puritana, en absoluto. No me molesta leer relatos sexuales. No me molesta en lo más mínimo si están justificados. Pero, me pregunto yo: ¿ochenta páginas leyendo cómo hace el amor "Marylin" (la protagonista) son necesarias?

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sábado, diciembre 02, 2006

Una conversación con energías positivas

Si bien es cierto que hoy no tuve un día muy positivo, físicamente hablando, debido a una cervicalgia fuerte, sí que fue un día muy positivo en otros aspectos. Me quedé en casa todo el día, descansé, pude relajarme, vino mi fisioterapeuta cubano que me dio su sesión de masajes durante una hora cuarenta, me di un baño de inmersión de esos que tanto me gustan, tomé mate con yuyos de menta cordobesa. En fin... día de relax, un dia de regalo para mi cuerpo y para mi espíritu.
Y como si eso fuera poco, tuve la suerte de mantener una conversación con una amiga -bloguera ella - a la que aprecio mucho y, además, me encanta su escritura. Hablábamos de bueyes perdidos hasta que la conversación derivó en lo positivo de ser positivo - valga la redundancia, si es que la hay.
Me dijo ella algunas frases que me parecen dignas de remarcar. Aquí las dejo:

Yo creo que lo que uno decreta, eso sucede.

Si así lo pensás, así será.

Se llama mente positiva, relaciones públicas. Las dos llaves para el éxito.

Cuando uno está pensando en negro, llueve negro. Cuando uno está pensando en blanco, llueve blanco.

Lo que uno piense, sucede.

Creo que si cambias tu manera de pensar, uno logra lo que desea, eso creo y las oportunidades se dan.

Lindas frases para meditar, ¿no?

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sábado, noviembre 18, 2006

No sabía que existía Lola

Desconocía la existencia de Lola Copacabana. Pero, me dije: si ella lo logró, ¿quién dijo que nadie más pueda, no?

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jueves, septiembre 14, 2006

La Rosa Roja cumple un año


La Rosa Roja cumple un año hoy. Un largo año de anécdotas, de historias, de relatos, de episodios. Pero, fundamentalmente, un año de historias de la vida real, de la vida misma vivida sin engaños. Un año de rosa desprendiéndose de su tallo, sí. Un año desde aquel día en el cual decidí inaugurar este espacio, un espacio en el que iba a poder ser yo misma, contar mi vida diaria, mis experiencias, mis tristezas, mis alegrías. Sin siquiera saber en aquel momento si alguien iba a leerme o no, si alguien iba a seguir el hilo de mi diario transitar por este camino de rosas y espinas, de espinas y rosas, de verdes y rojos, de rosas marchitas, de rosas regadas, de rosas que mueren y de rosas que nacen. A cada momento que viví y que plasmé en este sitio, le estoy agradecida. A cada persona que me leyó, me lee y me leerá, le estoy agradecida. A cada persona que deja su huella aquí, su comentario, sus palabras, sus consejos, sus ideas, su calidez, su ternura. A cada una de ustedes, a cada una de las mujeres que han pasado y pasan y pasarán por este sitio y me alegran cada día del año, a cada una les estoy agradecida. A cada uno también :) porque los hombres también existen, también nos visitan, también nos comentan, también nos observan, también nos analizan, también nos leen. A todos y cada uno de los seres humanos que han pasado por mi humilde casita quiero expresarles mi agradecimiento por su tiempo, que es lo más valioso del mundo, por sus suaves palabras, por animarse a compartir conmigo retazos de mi vida, enormes retazos cotidianos que hacen mi existencia a cada instante. Porque cuando llego cansada, cuando llego enojada, cuando llego feliz, cuando llego extenuada, cuando llego ilusionada busco este rincón, y aquí están todas y todos ustedes, seres humanos, sí, todos, detrás de las pantallas, sí, pero seres humanos de carne y hueso que me ayudan, sin siquiera saberlo, sin siquiera planearlo, a seguir adelante.
Feliz de compartir el día de hoy con ustedes. El primer aniversario de una rosa, no tan roja, no tan pálida, no tan feliz, no tan infeliz, no tan mala, no tan buena, con defectos y con virtudes, con altos y bajos, con soledades y compañías (más de las primeras que de las segundas), pero con sensibilidad, de eso no les quepa duda. ¡GRACIAS AMIGAS Y AMIGOS SIMPLEMENTE POR ESTAR!

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martes, septiembre 05, 2006

El descanso imprescindible 1: entre Gualeguaychú y Fray Bentos

Todavía no lo puedo creer ni siquiera yo. Terminé una gran parte del cúmulo de trabajo. Al menos, terminé lo que era prioritario, lo que tenía una fecha puntual porque era para la oficina y tenía que respetar los tiempos de entrega. Ahora, me queda pendiente la traducción del libro “del Diego”, pero eso es más elástico, más manejable. Como lo hago de forma particular y es para un amigo periodista, lo voy haciendo en los ratos libres. ¿Ratos libres? No tengo. Pero, me las ingenio en las noches, en las madrugadas y voy avanzando, de a poco, muy lentamente, pero algo es mejor que nada, en este caso. Una página es una página. Ya hice la introducción y el primer capítulo. Son diecisiete capítulos en total. Por algo se comienza.
Pero, este fin de semana me olvidé del mundo. Me despejé de tal forma que hasta me olvidé de que trabajo. Increíble pero real.
El sábado 2, me levanté muy temprano por la mañana y, tras un simple café a modo de desayuno, salí rumbo a Gualeguaychú. Casi me quedo sin ir porque el viernes a la tarde/noche llovió a cántaros y a primer hora del sábado todavía estaba nublado, y dudé. Pero, me decidí. Y ¡qué suerte que me decidí! Y emprendí viaje. El viaje imprescindible para sacudirme el estrés de las espaldas, la contractura de las cervicales, el agotamiento de la mente. Mientras iba por la ruta, miraba el camino hacia delante, todo libre, despejado, un mundo abierto hacia delante y hacia los costados el verde, a ambos lados de aquella ruta. Verde, verde, más verde ante mis ojos. Salió el sol. La mañana de sábado se tornó preciosa. Radiante. Me puse los anteojos de sol. Hacía calor. El sol de frente me daba en el rostro. En tres horas estaba allí: Gualeguaychú, Entre Ríos. A doscientos treinta kilómetros de Buenos Aires, a treinta kilómetros de la frontera uruguaya. Viví un mundo de sensaciones mientras viajaba. Parecía que la tierra, el aire, el sol, el verde, el cielo y el camino me pertenecían. Escuchaba música.
Llegué a destino. Justo para la hora del almuerzo. Me detuve en un restaurante para almorzar. Pregunté a dos hombres. Ambos coincidieron en el mismo sitio para ir a almorzar: un restaurante llamado “Dacal” en la Costanera. Me dije que si dos personas diferentes aconsejaban el mismo lugar, lo más conveniente y sin conocer el pueblo sería ir allí. No me arrepentí. Pedí un asado y un Valmont tinto, agua con gas, un budín de pan. Me distendí, no me quedan dudas. Ignoraba de dónde provenía el significado de la palabra “Gualeguaychú”. Parece que su nombre proviene de la expresión guaraní "yaguar guazú" que significa río del yaguar grande o probablemente de la palabra del mismo idioma "yaguarí guazú", gran nutria gigante. Después de almorzar, caminé por la Costanera y, en la esquina siguiente, encontré una hermosa heladería. La más grande del pueblo, me dijo alguien. Hacía calor así que me detuve y compré un helado. También entré al Casino, sólo por el hecho de conocerlo. Es la primera vez que voy para allí. No conocía nada. El pueblo vale poco, el centro, quiero decir, la plaza principal, la Catedral de San José y no demasiado más para ver. Las calles de alrededor me parecieron tristes. Tenía un dolor de cabeza impresionante. Un Tafirol que llevaba en la cartera me ayudó. Entré a la Catedral: una obra maestra inaugurada en 1863. Disfruté mirándola y recorriéndola por dentro. Disfruté de su arquitectura. Está construida en forma de navío. Fue agradable entrar, recorrerla, observar sus techos, sus detalles, su construcción. Un hombre tirado en las escaleras me pidió monedas; parece que en todas partes es igual, la gente que tiene que vivir mendigando. Recorrí la Costanera y entré a una feria artesanal. Cinco puestos en total. Parecía mentira pero así están los artesanos allá. Conversé con una mujer que atendía uno de los puestos. Le faltaban los dientes, le faltaban muchas cosas y le sobraban hijos: 8 en total, me dijo. Ciudad antigua, Gualeguaychú. Poco más para ver de interés. Poco más para recorrer. Llegué hasta el puerto. El resto sentí que no merecía la pena. No saqué fotos, no me llamó la atención. (Me estoy durmiendo, es entrada la madrugada y me estoy durmiendo. Las letras bailan. Continuará...).

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sábado, julio 15, 2006

Relaciones malditas: cuando los "malvados" abusan de los "ingenuos"

Como bien pueden ver en mi otro blog: "La Rosa al desprenderse de su tallo", estoy leyendo "Los Cantos de Maldoror" de Isidore Ducasse, alias el Conde de Lautréamont.

Isidoro Ducasse nace en Montevideo el 4 de abril de 1846. En 1867 fija su residencia en París. En 1869, Ducasse edita la versión completa de sus Cantos de Maldoror, firmada bajo el pseudónimo de Con­de de Lautréamont, que se convertirá en su verda­dero nombre literario. El 24 de noviembre de 1870 muere Ducasse/Lautréamont en Montmartre, París. En 1874, reaparece en Bruselas la edición -no distribuida hasta entonces, posiblemente por razones de cen­sura- de 1869.

Copio aquí unos fragmentos de “Los Cantos de Maldoror” que me han impactado porque presiento que han sido escritos merced a una sensibilidad especial, difícil de encontrar en el común de los hombres. También me resulta interesante el estilo de escritura de Issidore Ducasse. Las intenciones del muchacho Mervin son, especialmente, profundas e inocentes mientras que las del Conde de Lautréamont poseen ese don particular al que se ven sometidos los denominados “poetas malditos”.


“…Pero si uno se acerca más, de manera que no atraiga sobre sí la atención de ese transeúnte, percibe, con agrada­ble sorpresa, que es joven. Desde lejos, en efecto, se le hubiera tomado por un hombre maduro. La suma de los días no cuenta cuando se trata de apreciar la ca­pacidad intelectual de un rostro serio. Yo sé leer la edad en las lineas fisionómicas de la frente: ¡tiene dieci­séis años y cuatro meses! Es bello como la retractili­dad de las garras de las aves rapaces, o también, como la incertidumbre de los movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región cervical poste­rior…”

“Mervyn, ese hijo de la rubia Inglaterra, acaba de tomar en casa de su profesor una lección de esgri­ma, y, envuelto en su tartán escocés, regresa a casa de sus padres. Son las ocho y media y espera llegar a su casa a las nueve: por su parte, es una gran presunción fingir estar seguro de conocer el porvenir. ¿Qué obs­táculo imprevisto puede dificultarle su camino? Y esa circunstancia, ¿sería tan poco frecuente que debiera considerarla como una excepción? ¿Por qué no consi­dera mejor, como un hecho anormal, la posibilidad que ha tenido hasta ahora de sentirse desprovisto de inquie­tud y, por así decirlo, dichoso? ¿Con qué derecho, en efecto, pretende llegar indemne a su morada, cuando alguien lo espía y le sigue de cerca como a su futura presa? (Sería conocer muy poco la profesión de escritor de sensaciones…)”.

“En cuanto Maldoror se acerca a Mervyn, para grabar en su memoria los ras­gos de ese adolescente, él, con el cuerpo echado hacia atrás, retrocede sobre sí, como el boomerang de Aus­tralia, en el segundo período de su trayecto o más bien, como una máquina infernal. Está indeciso sobre lo que debe hacer. Pero su conciencia no sufre ninguno de los síntomas de una emoción embriogénica, como equivo­cadamente pudierais suponer. Le vi alejarse un instante en dirección opuesta; ¿estaba abrumado por el remor­dimiento? Pero regresó con renovada crueldad. Mervyn no sabe por qué sus arterias temporales laten con fuer­za, y apresura el paso, atormentado por un terror cu­ya causa vosotros y él buscáis en vano. Es preciso te­nerle en cuenta por su aplicación en descubrir el enig­ma. ¿Por qué no se vuelve? Lo comprendería todo. Pe­ro ¿se piensa nunca en los medios más simples para ha­cer que cese un estado de alarma?”

“Mervyn complica todavía más el peligro por su propia ignorancia. Tiene como unos destellos, excesivamente raros, es cierto, pero no me detendré a demostrar la vaguedad que los recubre, aunque le es imposible adivinar la realidad. No es pro­feta, no digo lo contrario, y no se reconoce la facultad de serlo”.

“…Lo ha visto entrar en un am­plio salón del piso bajo, de paredes de ágata. El hijo de familia se arroja en un sofá, y la emoción le impide hablar…”

“…Se aleja son sigilo: «Me tomó por un mal­hechor, exclama, es un imbécil. Quisiera encontrar a un hombre exento de la acusación que el enfermo arro­jó sobre mí. No le arranqué un trozo de su jubón, co­mo ha dicho. Simple alucinación hipnagógica causada por el terror. Mi intención no era apoderarme hoy de él, pues tengo ulteriores proyectos sobre ese adolescente tímido». Dirigios al lugar donde se halla el lago de los cisnes, y os diré más tarde por qué hay uno completa­mente negro entre el grupo, cuyo cuerpo, sosteniendo un yunque, sobre el que hay el cadáver en putrefac­ción de un cangrejo ermitaño, inspira, con todo dere­cho, desconfianza a los otros camaradas acuáticos…”

“... Mervyn está en su habitación; ha recibido una car­ta. ¿Quién le escribe una carta? Su inquietud le ha im­pedido dar las gracias al agente postal. El sobre tiene los bordes en negro, y las palabras han sido escritas de manera apresurada…”

“…Preso de esa trampa, la curiosidad de Mervyn crece y abre el trozo de papel preparado. Hasta ese mo­mento sólo había visto su propia escritura. «Mucha­cho, me intereso por usted, quiero hacer su felicidad. Le tomaré como compañero y realizaremos largas peregrinaciones a las islas de Oceanía. Mervyn, sabes que te amo y no tengo necesidad de probártelo. Me conce­derás tu amistad, estoy persuadido de ello. Cuando me conozcas más, no te arrepentirás de la confianza que me hayas testimoniado. Yo te preservaré de los peli­gros a que te lleve tu inexperiencia. Seré para ti un her­mano y no te faltarán los buenos consejos. Para más largas explicaciones, hállate pasado mañana por la ma­ñana, a las cinco, en el puente del Carrusel. Si no hu­biera llegado yo, espérame, aunque espero llegar a la hora exacta. Haz tú lo mismo. Un inglés no perderá fácilmente la ocasión de ver claro en sus asuntos. Mu­chacho, te saludo, y hasta pronto. No enseñes esta carta a nadie». -«Tres estrellas en vez de firma», exclama Mervyn, «y una mancha de sangre en la parte inferior de la hoja». Abundantes lágrimas corren sobre las cu­riosas frases que sus ojos han devorado y abren a su espíritu el campo ilimitado de los horizontes inciertos y nuevos. Le parece (sólo después de acabar la lectu­ra) que su padre es un tanto severo y su madre dema­siado majestuosa. Posee razones que no han llegado a mi conocimiento y, por lo tanto, no os podré trans­mitir, para insinuar que tampoco está de acuerdo con sus hermanos. Esconde la carta en su pecho. Sus pro­fesores observaron que ese día no parecía el mismo: sus ojos estaban desmesuradamente ensombrecidos, y el velo de la reflexión excesiva había descendido sobre la región peri orbitaria. Cada una de los profesores en­rojeció, por miedo a no encontrarse a la altura intelec­tual de su alumno, y, sin embargo, éste, por primera vez, descuidó sus deberes y no trabajó”.

“…Mervyn admira las fuentes repletas de viandas suculentas y las frutas aromáticas, pero no come… Apoya su codo en la mesa y queda absorto en sus pensamiento, como un sonámbulo.”

“Mervyn cierra la puerta de su cuarto con doble vuelta de llave y su mano res­bala rápidamente sobre el papel: «He recibido su car­ta a mediodía y espero me perdone si le he hecho espe­rar la respuesta. No tengo el honor de conocerle per­sonalmente y no sabia si debía escribirle. Pero como la descortesía no se aloja en esta casa, he resuelta to­mar la pluma para agradecerle calurosamente el inte­rés que se toma por un desconocido. Dios me guarde de no mostrar reconocimiento por la simpatía con que me colma. Conozco mis imperfecciones y eso no me hace ser más orgulloso. Pero si es conveniente aceptar la amistad de una persona mayor, también lo es ha­cerle comprender que nuestros caracteres no son igua­les. En efecto, usted parece ser de más edad que yo, puesto que me llama muchacho, pero aun así conser­vo dudas sobre su verdadera edad. Entonces ¿cómo conciliar la frialdad de sus silogismos con la pasión que de ellos se desprende? Es cierto que no abandonaré el lugar que me ha visto nacer para acompañarle por co­marcas lejanas; eso sería posible a condición de pedirle antes a los autores de mis días un permiso impacien­temente esperado. Pero como me ha ordenado que guarde secreto (en el sentido elevado al cubo de la pa­labra) sobre este asunto espiritualmente tenebroso, me apresuraré a obedecer su incontestable prudencia. Por lo que parece, no afrontaría con placer la claridad de la luz. Puesto que da a entender su deseo de que yo tenga confianza en su persona (deseo que no está fue­ra de lugar, me agrada confesarlo), le ruego que tenga la bondad de testimoniar, por lo que me toca, una con­fianza análoga, y de no tener la pretensión de creer que estoy tan alejado de su opinión como que para que pasa­do mañana por la mañana, a la hora indicada, no acuda puntualmente a la cita. Saltaré el muro que rodea el parque, pues la verja estará cerrada, y nadie será testi­go de mi partida. Para hablar con franqueza, qué no haría yo por usted, cuyo inexplicable afecto ha sabido en seguida revelarse ante mis deslumbrados ojos, so­bre todo asombrados de tal prueba de bondad, la cual estoy seguro nunca habría esperado. Porque no le co­nocía. Ahora le conozco. No olvide la promesa que me ha hecho de pasear por el puente del Carrusel. En el caso de que yo pase por allí, tengo la absoluta certeza de que le encontraré y le estrecharé la mano, con tal de que esa inocente manifestación de un adolescente que todavía ayer se inclinaba ante el altar del pudor no le ofenda con su respetuosa familiaridad. Por otra parte, ¿no es confesable la familiaridad en el caso de una fuerte y ardiente intimidad, cuando el extravío es serio y convicto? ¿Y qué mal existiría después de to­do, se lo pregunto, en que le diga adiós de paso, cuan­do pasado mañana, llueva o no, hayan dado las cin­co? Apreciará, gentleman, el tacto con que he conce­bido mi carta, pues no me permito, en una simple ho­ja, apta para perderse, decirle algo más. Su dirección al final de la página es un jeroglífico. He necesitado casi un cuarto de hora para descifrarlo. Creo que ha hecho bien en trazar las palabras de una manera mi­croscópica. Me dispenso de firmar, y en esto le imito: vivimos en un tiempo demasiado excéntrico como pa­ra asombrarse un instante de lo que podría ocurrir. Se­ría curioso saber cómo ha averiguado el lugar en don­de mora mi glacial inmovilidad, rodeada de una larga hilera de salas desiertas, inmundos osarios de mis ho­ras de hastío. ¿Cómo lo diría? Cuando pienso en us­ted, mi pecho se agita, resonante como el derrumbamiento de un imperio en decadencia, pues la sombra de su amor acusa una sonrisa que tal vez no exista: ¡es una sombra tan vaga y mueve sus escamas tan tortuo­samente! En sus manos dejo mis impetuosos sentimien­tos, piezas de mármol completamente nuevas, y vírge­nes aún de todo contacto mortal. Tengamos paciencia hasta los primeros fulgores del crepúsculo matinal, y, en espera del momento que me arrojará en el entrete­jido horroroso de sus brazos pestíferos, me inclino hu­mildemente ante sus rodillas, que abrazo». Después de haber escrito esta carta culpable, Mervyn la lleva al co­rreo y vuelve a meterse en la cama”.

El corsario de cabellos de oro recibió la respuesta de Mervyn. Sigue en esta página singular el rastro de las inquietudes intelectuales de quien la escribió, abando­nado a las débiles fuerzas de su propia sugestión. Hu­biera sido mejor consultar con sus padres, antes de res­ponder a la amistad del desconocido. No le reportará ningún beneficio mezclarse, como principal actor, en esa equívoca intriga. Pero, en fin, él lo ha querido. A la hora indicada, Mervyn, desde la puerta de su casa, se fue derecho, siguiendo el bulevar Sebastopol, hasta la fuente de Saint-Michel. Tomó el muelle de los Grands-Augustins y atravesó el muelle Conti; en el ins­tante en que pasaba por el muelle Malaquais, vio ca­minar por el muelle del Louvre, paralelamente a su pro­pia dirección, a un individuo que llevaba un saco bajo el brazo y que parecía mirarlo con atención. Las bru­mas de la mañana se habían disipado. Los dos cami­nantes desembocaron al mismo tiempo a cada lado del puente del Carrusel. ¡Aunque no se habían visto nun­ca se reconocieron! En verdad, era emocionante ver a esos dos seres, separados por la edad, aproximar' sus almas por la grandeza de sus sentimientos. Al menos esa hubiera sido la opinión de los que se hubieran de­tenido ante ese espectáculo, que más de uno, incluso con un espíritu matemático, habría encontrado conmo­vedor. Mervyn, con el rostro lleno de lágrimas, pensó que había encontrado, por así decir, al comienzo de su vida, un precioso sostén para las futuras adversida­des. Estad persuadidos de que el otro no decía nada. He aquí lo que hizo: desplegó el saco que llevaba, en­sanchó la abertura, y, cogiendo al adolescente por la cabeza, hizo pasar el cuerpo entero dentro de la envol­tura de tela. Anudó con su pañuelo el extremo que ser­vía de entrada. Como Mervyn lanzara agudos gritos, alzó el saco como si fuera un paquete de ropa blanca y lo golpeó varias veces contra el pretil del puente. En­tonces, el paciente, tras haber percibido el crujido de sus huesos, se calló. ¡Escena única, que ningún nove­lista volverá a encontrar!


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jueves, junio 22, 2006

Inaugura hoy

Mi nuevo rincón de letras.
Allí habrá rosas con y sin espinas.
Abierto a todo público a partir de este momento.
Pueden ingresar por el sendero de rosas hacia:

La Rosa Al Desprenderse De Su Tallo

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domingo, marzo 19, 2006

Esta boca es de Joaquín

A todas aquellas entusiastas seguidoras y admiradoras/fans de Joaquín Sabina y que, como yo, se perdieron su recital en el Gran Rex de Buenos Aires quería contarles que descubrí un sitio que les recomiendo. Uno de los músicos de Joaquín, Pancho Varona, parece que se decidió a bloguear. Brillante idea tuvo Pancho así podemos seguir las idas y venidas de la gira.

Queda hecha la recomendación. Para leer los relatos de Pancho no hay más que clickear acá.

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sábado, agosto 27, 2005

El Regreso

Y sí, así es la vida… A veces se comporta con nosotros de un modo más que amable, otras veces nos hace padecer lo inesperado, lo inconcebible y sentimos que de amable, precisamente, no está teniendo casi nada. No podemos saber qué nos deparará, no podemos predecir ni siquiera el día de mañana, mucho menos podríamos intentar averiguar por qué nos ocurre todo aquello que nos está ocurriendo en la actualidad. ¿Nos lo merecemos? ¿No nos lo merecemos? La vida nos hace tambalear en algún momento determinado y sentimos que nos caemos en un pozo, que nos vamos hundiendo un poco más cada día sin darnos cuenta casi y entonces nos aislamos -porque el mundo se ha ido alejando de nosotros- para refugiarnos y regodearnos en nuestro dolor, en nuestras pequeñas penas cotidianas que se han ido formando como producto de una sumatoria de cosas hasta que, de repente, nos enteramos de que nos hemos hundido definitivamente en el abismo, en la tristeza, en la melancolía, en el descreimiento y descubrimos cómo nos quitó el oxígeno tanta soledad, tantas preguntas sin respuestas, tanta incertidumbre, tanta miseria humana y material ¡tanta miseria y tanta decepción!. Caos, desorden, descreimiento, penurias ya se han apoderado de nosotros de tal modo que se han hecho carne en nuestra propia carne. Depresión: una vez que nos hallamos en ese estado, sumergidos por completo en el agujero negro, emerger de nuevo a la superficie se convierte en la tarea más difícil del mundo, casi es una misión imposible excepto que algo nos movilice a buscar fuerzas, a sacarlas de donde sea, incluso de donde no las tenemos para poder dar un pasito hacia adelante o hacia arriba, un pasito como si fuéramos bebés recién nacidos. Alguien (no recuerdo quién) dijo que cuando una persona ha tocado fondo de allí en más el único camino posible es ir ascendiendo; no se quién fue, sólo espero que quien lo haya dicho estuviera en lo cierto.
Por eso estoy aquí hoy nuevamente y persistiré en la escritura, en las letras que siempre me han ayudado tanto y que tantas satisfacciones me han dado a la largo de los años, por eso he asomado apenas la cabeza para ver si existe un rayito de luz, un diminuto candil que logre iluminar estas gigantescas y torturadoras sombras.

Durante esta temporada alejada de todos y de todo en este mundo, han llegado hasta mí algunos de los libros de Paulo Coelho que he tenido el inmenso placer de releer. Se que Coelho es un autor polémico: hay personas que al leerle se quedan fascinadas, hay otras personas que le detestan profundamente, hay personas que le consideran místico y aburrido, hay personas que consideran que sus libros son apenas vulgares libros de esos de autoayuda que no sirven para nada a la hora de llevarlo a la práctica. Yo no lo se. Sólo puedo hablar por mí, por lo que el efecto de la lectura de Coelho produjo en mí, nada más. No se de otros, sólo se que –personalmente- no lo considero un escritor del tipo de los que apenas si saben inventar historias de esas baratas de “autoayuda” de las cuales, por otra parte, está lleno el mercado y son tan poco aplicables a la vida real que casi me darían ganas de tirar esa clase de libros a la hoguera pero, bueno, no quiero excederme hablando de esto ya que, seguramente, habrá personas que consideran a ese tipo de escritos literatura, que los consideran útiles. Y si algo es útil en la vida para algunos, ¡bienvenido sea para ellos! En mi caso particular, no funciona así y por eso digo que con Coelho he sentido algo bien diferente, completamente diferente para ser exactos. Coelho me parece un escritor mágico, mucho más que un escritor me atrevería a decir, un alquimista de los mensajes que, implícitamente, nos quiere transmitir y supongo que el secreto estará, quizás, en alcanzar a descifrarlo. Coelho ha logrado abrirme la cabeza de tal modo como ningún otro escritor había llegado a hacer todavía. Con Coelho encontré el descubrimiento de “un saber de lo que ya sabía aunque no supiera que esa sabiduría estaba en mi interior”. Coelho penetró mi corazón y me despertó.

"A veces nos invade una sensación de tristeza que no logramos controlar, decía él. Percibirnos que el instante mágico de aquel día pasó, y que nada hicimos. Entonces la vida esconde su magia y su arte.

Tenemos que escuchar al niño que fuimos un día, y que todavía existe dentro de nosotros. Ese niño entiende de momentos mágicos. Podemos reprimir su llanto, pero no podemos acallar su voz. Ese niño que fuimos un día continúa presente. Si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y el entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo. . Si escuchamos al niño que tenemos en el alma, nuestros ojos volverán a brillar. Si no perdemos el contacto con ese niño, no perderemos el contacto con la vida".

— "El Otro es aquel que me enseñaron a ser, pero que no soy yo. El Otro
cree que la obligación del hombre es pasar la vida entera pensando en cómo reunir dinero para no morir de hambre al llegar a viejo. Tanto piensa, y tanto planifica, que sólo descubre que está vivo cuando sus días en la tierra están a punto de terminar. Pero entonces ya es demasiado tarde.
— Y tú ¿quién eres?
— Yo soy lo que es cualquiera de nosotros, si escucha su corazón. Una
persona que se deslumbra ante el misterio de la vida, que está abierta a los milagros, que siente alegría y entusiasmo por lo que hace. Sólo que el Otro, temiendo desilusionarse, no me dejaba actuar.
— Existen derrotas. Pero nadie está a salvo de ellas. Por eso, es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños que ser derrotado sin siquiera saber por qué se está luchando.Cuando descubrí eso, decidí ser lo que realmente siempre deseé. El Otro se quedó allí, en mi habitación, mirándome, pero no lo dejé entrar nunca más,
aunque algunas veces intentó asustarme, alertándome de los riesgos de no pensar en el futuro.

»Desde el momento en que expulsé al Otro de mi vida, la energía divina
obró sus milagros. El universo siempre nos ayuda a luchar por nuestros sueños, por locos que parezcan. Porque son nuestros sueños, y sólo nosotros sabemos cuánto nos cuesta soñarlos".

Extractos de "A orillas del Río Piedra me senté y lloré", Paulo Coelho.

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